Correo de las Indias

Fuera del puzzle

30 dic 2011

Una de las mejores cosas que el 2011 nos ha dejado a los indianos es el sentido íntimo, en cada uno de nosotros, de no ser ni nacional de ningún estado ni connacional de nadie.

Aleix Cabarrocas contaba muy bien ayer, a partir de la cuenta de twitter del estado sueco, cómo nacionalismo y generación artificial de escasez se unen irremediablemente. El post forma parte una serie en la que también comentaba cómo el marco nacionalista, aparentemente «natural» e «inocente», a las finales castra las posibilidades de relaciones interpersonales no mediadas por identidades imaginadas.

Durante el último passagium nos llamó mucho la atención que en Montevideo nos presentaran siempre como los «amigos españoles» tuvieran o no pasaporte español aquellos indianos a los que se presentaba. Daba igual que explicáramos una y otra vez que los indianos y su entorno tienen pasaportes de todos los colores, que las cooperativas y empresas del grupo están constituidas originalmente ante distintos estados (incluido Uruguay) y que ni mucho menos nuestra actividad se enmarca dentro de los cauces de un «interés nacional» o del desarrollo de una identidad patriótica. Daba igual: en la mentalidad de nuestros interlocutores el mundo se divide en piezas homogéneas y no cabe pensar que haya nada que no exista sin constituirse previamente en el marco de una nacionalidad. No somos los únicos a la hora de sufrir esta limitación de la mirada. Hace poco Caro contaba como un aduanero en EEUU, al recibir su pasaporte austriaco le dijo: «este no, el de verdad».

Como resultado hemos desarrollado un fino olfato para el nacionalismo que nos hace pegar un brinco cuando un amigo aplica la primera persona del plural a eventos deportivos («ganamos el mundial», «jugamos contra Perú», etc.) y no digamos cuando lo aplica a virtudes o defectos morales sea en primera o tercera persona («los chilenos somos vivos», «los vascos son brutos»…). Porque no es inocente el lenguaje que habla de las naciones como sujetos, como seres humanoides colectivos. Y es que las naciones no son personas, no son sujetos, no «piensan», no «sienten»… no «se dejan engañar» ni «sufren». Sólo las personas reales pueden hacerlo. Y cuando se personalizan comunidades imaginadas irremediablemente se escora hacia la xenofobia: si «España es así», cada individuo categorizado como español partirá en la relación con el prejuicio de «ser así» por parte de su interlocutor. Y ya sabemos la potencia de los sesgos confirmatorios. Y lo que entre personas que comparten la fantasía de «ser españoles», «ser argentinos» o «ser europeos» no tiene mayores consecuencias, cuando se socializa con aquellos a los que se identifica como parte de una fantasía alternativa (como ser bieloruso, catalán, africano o uruguayo), así no tengan ninguna, alimenta una tendencia xenófoba: se juzgará a la otra persona por el papel que, en la mitología nacionalista del que juzga, tenga el dios nacional ajeno. Papel, que obvio decir, que normalmente no será muy positivo, pues no hay imaginario nacional que no se sienta «víctima» de alguna, algunas o todas las demás naciones del puzzle con el que representa el mundo.

Hay que reconocer que estas cosas nos sientan mal. Pero tienen un lado interesante: generan una reacción de igual fuerza y constancia en sentido contrario. A base de chocar con las ridiculeces nacionalistas y la xenofobia (a veces bruta, a veces «cool») en cada rinconcito del mundo por el que paramos, se nos tatúa en el alma todo lo que como comunidad de personas no somos: no somos europeos, no somos latinoamericanos, no somos uruguayos, no somos españoles… y esto permea a su vez la identidad personal de cada uno rompiendo la falsa complicidad de los estereotipos del mundo puzzle: ninguno nos sentimos ya, en ninguna medida, nacional de ningún estado ni connacional de nadie.

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2 Comentarios a “Fuera del puzzle”

  1. David de Ugarte

    El primer enlace estaba mal (se me coló uno de «Resiliencia!») y ya está corregido enlazando al post de Aleix.

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  1. Pensamientos expatriados I | fartistes

    [...] “Como resultado hemos desarrollado un fino olfato para el nacionalismo que nos hace pegar un brinco cuando un amigo aplica la primera persona del plural a eventos deportivos («ganamos el mundial», «jugamos contra Perú», etc.) y no digamos cuando lo aplica a virtudes o defectos morales sea en primera o tercera persona («los chilenos somos vivos», «los vascos son brutos»…). Porque no es inocente el lenguaje que habla de las naciones como sujetos, como seres humanoides colectivos. Y es que las naciones no son personas, no son sujetos, no «piensan», no «sienten»… no «se dejan engañar» ni «sufren». Sólo las personas reales pueden hacerlo. Y cuando se personalizan comunidades imaginadas irremediablemente se escora hacia la xenofobia: si «España es así», cada individuo categorizado como español partirá en la relación con el prejuicio de «ser así» por parte de su interlocutor. Y ya sabemos la potencia de los sesgos confirmatorios. Y lo que entre personas que comparten la fantasía de «ser españoles», «ser argentinos» o «ser europeos» no tiene mayores consecuencias, cuando se socializa con aquellos a los que se identifica como parte de una fantasía alternativa (como ser bieloruso, catalán, africano o uruguayo), así no tengan ninguna, alimenta una tendencia xenófoba: se juzgará a la otra persona por el papel que, en la mitología nacionalista del que juzga, tenga el dios nacional ajeno. Papel, que obvio decir, que normalmente no será muy positivo, pues no hay imaginario nacional que no se sienta «víctima» de alguna, algunas o todas las demás naciones del puzzle con el que representa el mundo.” Aquí [...]

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